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JOSÉ ANTONIO PAGOLA

EVANGELIO DE LUCAS

 

 


El evangelio de Lucas es sin duda el más atractivo. El primero que hemos de leer para descubrir con gozo a Jesús, el Salvador enviado por Dios «para buscar y salvar lo que estaba perdido». Al mismo tiempo, el más accesible para captar el mensaje de Jesús como Buena Noticia de un Dios compasivo, defensor de los pobres, curador de los enfermos y amigo de pecadores.

No sabemos con certeza el nombre del autor. Se le atribuye tradicionalmente a un médico cristiano, compañero de Pablo, llamado Lucas. Ha sido escrito fuera de Palestina, probablemente en Roma, entre los años 80 y 90. El autor se dirige a lectores de cultura griega. Su escrito no parece destinado a una comunidad claramente identificable. El libro está dedicado a un cristiano llamado Teófilo, para que lo difunda entre cristianos provenientes del paganismo.

Lucas es el primer escritor cristiano que narra una especie de «historia de la salvación» siguiendo un cierto orden. Compone su obra en dos partes.

La primera está constituida por el Evangelio, y está centrada en Jesús; después de la infancia de Jesús se narra su trayectoria desde Galilea a Jerusalén, donde culmina con su crucifixión, su resurrección y la escena de la ascensión.

La segunda parte se llama Hechos de los Apóstoles, y está centrada en la primera Iglesia. En este escrito se observa una dirección inversa al evangelio; comienza en Jerusalén con la ascensión y se narran luego los primeros pasos de los discípulos de Jesús, que serán sus testigos «en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra».

El evangelio de Lucas es el «evangelio de la alegría». A lo largo de sus páginas se nos invita a acoger a Jesús con gozo. No hemos de salir a su encuentro con miedo, preocupación o recelo, sino con alegría y confianza. La primera que escucha esta invitación es María: «Alégrate, llena de gracia, el Señor es contigo» (1,28). Ya antes de nacer, Lucas presenta a Jesús difundiendo alegría mesiánica desde el seno de su madre (1,44). Su nacimiento en Belén es motivo de gran alegría. Así lo anuncia el enviado de Dios: «No tengáis miedo. Os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Mesías, el Señor» (2,11).

Más tarde, Lucas presenta a Jesús irradiando alegría allí donde se hace presente. Las curaciones que lleva a cabo en las aldeas de Galilea despiertan la alegría y la alabanza a Dios: cuando llega Jesús, la gente siente que «Dios está visitando a su pueblo» (7,16). En sus parábolas, Jesús les habla de la alegría que experimenta Dios cuando un pecador se convierte (15,7.10.32). Al entrar en Jerusalén, «toda la multitud de los discípulos, llenos de alegría, se pusieron a alabar a Dios con grandes voces» (19,37). Al subir Jesús al cielo, sus discípulos vuelven a Jerusalén «con gran gozo» y «estaban siempre en el templo alabando a Dios» (24,53).

Este evangelio de Lucas nos ayudará a descubrir a Jesús como algo nuevo y bueno, que puede llenar nuestra vida de gozo y agradecimiento a Dios.

En el origen de esta alegría está la gran noticia de la salvación que Dios nos ofrece en Jesús. Por eso Lucas lo presenta como Salvador. Así anuncia el ángel del Señor su nacimiento: «Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Mesías, el Señor» (2,11). Cuando Simeón toma en sus brazos a Jesús canta: «Ahora, Señor, según tu palabra, puedes dejar que tu siervo se vaya en paz, porque mis ojos han visto tu salvación» (2,30). En Jesús podemos ver, tocar, sentir y palpar la salvación de Dios. Por eso, Lucas lo presenta «salvando» del pecado (7,50), del maligno (8,36), de la muerte (8,50). Según Lucas, Jesús «ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido» (19,10).

Lucas insiste en que Jesús es el «hoy de la salvación». En Cristo, Dios nos está ofreciendo su salvación hoy, ahora mismo, siempre: «Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador» (2,11).

En casa de Zaqueo Jesús dice: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa» (19,10).

En la cruz promete -al buen ladrón: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (23,43). El evangelio de Lucas nos invita a acoger a Jesús, el Cristo, que viene a nuestras vidas a salvar lo que estamos echando a perder; a resucitar lo que está muriendo en nosotros; a sanar lo que está enfermo; a liberarnos del pecado que nos esclaviza. Este relato nos va a enseñar a vivir el seguimiento de Jesús como una experiencia de salvación.

Esta salvación que Lucas anuncia es fruto de la misericordia de Dios. En Jesús se nos revela la bondad, el perdón y la gracia de Dios. Ya en el canto de Zacarías se nos anuncia que «por las entrañas de misericordia de nuestro Dios nos visitará la luz que nace de lo alto, para iluminar a los que se hallan en tinieblas y en sombras de muerte, y guiar nuestros pasos por el camino de la paz » (1,78-79). Toda la actuación salvadora de Jesús revela la misericordia de Dios y se manifiesta de formas diversas.

En primer lugar, en el perdón que ofrece a los pecadores. Jesús es como el «padre» de la parábola, que acoge a los hijos perdidos y celebra con ellos comidas festivas; como el «pastor» que busca a las ovejas perdidas y, al encontrarlas, hace fiesta con sus amigos; como la «pobre mujer» que busca y encuentra su pequeña moneda perdida y lo celebra con sus vecinas (15,1-32).

En Lucas encontraremos dos inolvidables escenas en las que Jesús ofrece el perdón de Dios a una prostituta (7,36-50) y a Zaqueo, el publicano (19,1-10). Veremos morir a Jesús pidiendo a Dios perdón para quienes lo están crucificando: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (23,34).

La misericordia de Dios se revela también en las curaciones de Jesús, que Lucas presenta como gestos de misericordia más que como manifestación de su poder (17,11-19). Jesús es como el buen samaritano que, cuando ve en su camino a alguien caído, «se conmueve», se acerca y, movido por su compasión, cura sus heridas (10,33-37).

El evangelio de Lucas nos invita a acoger la curación y el perdón como un regalo de la bondad de Dios encarnada en Jesús. En sus páginas escucharemos la llamada a confiar en Jesús siempre que nos veamos perdidos o nos sintamos pecadores.

Según el evangelio de Lucas, la salvación de Dios nos llega por la fuerza del Espíritu. Jesús es el «portador del Espíritu de Dios». En él se hace presente en el mundo el Espíritu Santo, dador de vida. El Bautista está «lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre» (1,15). Pero Jesús es incluso concebido por ese Espíritu Santo de María Virgen. Así se le anuncia a María: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios» (1,35). El Salvador del mundo no aparece en la historia humana como fruto del amor de unos esposos que se quieren mutuamente, sino como fruto del amor que Dios nos tiene. Este Espíritu es el que «desciende sobre él» mientras está en oración después del bautismo (3,22).

Este Espíritu «lo conduce al desierto» (4,1) y lo guía «con su fuerza» por los caminos de Galilea (4,14). Ungido por ese mismo Espíritu, vive anunciando a los pobres, oprimidos y desgraciados la Buena Noticia de su liberación (4,7-20). «Lleno de gozo por el Espíritu Santo» (10,21), da gracias a Dios, que se revela a los pequeños. «Ungido por Dios con el Espíritu Santo y con poder, pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» (Hechos de los Apóstoles 10,38). Jesús promete a sus discípulos el Espíritu Santo, que les «enseñará» lo que conviene decir (12,12) y les ayudará a cumplir su misión (24,49).

El evangelio de Lucas nos invita a ser dóciles a ese Espíritu de Jesús, el Cristo resucitado. La comunidad cristiana se construye a partir del Espíritu de Jesús. El Evangelio se anuncia extendiendo su Espíritu. Al reino de Dios se le abren caminos introduciendo en el mundo su Espíritu. No se nos ha de olvidar.

Lucas es el «evangelio de los pobres». Su relato de Jesús viene preparado por dos textos programáticos de gran importancia.

En primer lugar, el canto de María proclama a un Dios revolucionario, el Dios del Reino que anuncia Jesús: un Dios «que derriba de sus tronos a los poderosos y exalta a los humildes; colma de bienes a los pobres y despide a los ricos sin nada» (1,52-53).

En segundo lugar, el programa trazado por un texto de Isaías, que Jesús se aplica a sí mismo en la sinagoga de Nazaret: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido y me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Noticia» (4,18).

Por eso Jesús es el Profeta pobre que «no tiene donde reclinar su cabeza» (9,58). El profeta indignado que advierte a los ricos: «No podéis servir a Dios y al Dinero» (16,13). El que critica duramente la falta de compasión y la insensatez de los ricos en dos parábolas inolvidables: la del pobre Lázaro y el rico sin entrañas (16,19-31) y la del rico insensato (12,16-21).

El evangelio de Lucas nos descubrirá que «aquel que no renuncie a sus bienes no puede ser discípulo de Jesús» (14,33). La escena de Zaqueo repartiendo sus bienes nos mostrará que a Jesús le hemos de seguir compartiendo (19,8). Recorriendo el evangelio de Lucas aprenderemos a vivir de manera sana en la sociedad del consumo sin vivir esclavos del dinero, sin caer en la obsesión del bienestar, aprendiendo a convivir de manera más solidaria, compartiendo lo nuestro con los más necesitados.

Lucas es el «evangelio de la oración». Nos presenta a Jesús como alguien que vive todo desde dentro, invocando al Padre, abriéndose al Espíritu, dando gracias y alabando a Dios. En los momentos más importantes y decisivos, Jesús aparece en oración, comunicándose con el Padre: en el bautismo en el Jordán (3,21); al elegir a los Doce (6,12); antes de preguntar a sus discípulos: «¿Quién decís que soy yo?» (9,18); antes de enseñarles la oración del Padrenuestro (11,1); en el episodio de la transfiguración (9,28-29). Jesús bendice a Dios porque se revela a los pequeños (10,21-22); intercede por Pedro para que su fe no desfallezca (22,31-32); ora en Getsemaní para acoger la voluntad del Padre (22,39-45); ora en la cruz pidiéndole el perdón para sus verdugos (23,46); muere abandonándose confiadamente al Padre (23,46). Toda su vida se sostiene en la oración y se alimenta de ella.

Por otra parte, Jesús exhorta a orar siempre sin desfallecer. En su evangelio encontramos catequesis inolvidables sobre la oración: parábola del amigo inoportuno (11,5-13); parábola del juez y la viuda (18,1-8); parábola del fariseo y el publicano (18,9-14). Sus discípulos han de vivir vigilando y orando «para tener fuerza y para escapar a todo lo que está por venir» (21,34-36). No hemos de olvidar tampoco el carácter litúrgico y festivo de su «evangelio de la infancia», impregnado de cantos de alabanza y bendición (Gloria, Magnificat, Benedictus, Nunc dimittis). Leyendo a Lucas aprenderemos a cuidar más la oración, la vida interior, la comunicación sincera con Dios.

Lucas proclama la salvación y la misericordia de Dios, pero no oculta las exigencias que entraña la acogida de la salvación y el seguimiento de Jesús. Por eso encontramos en este evangelio un fuerte contraste: a la Buena Noticia de Dios podemos responder de manera positiva o negativa. Jesús es «signo de contradicción» que «está puesto para caída y para elevación de muchos en Israel» (2,4). Por eso presenta las cuatro bienaventuranzas (6,20-23) y las cuatro maldiciones (6,24-26); la actuación tan opuesta del fariseo Simón y de la mujer pecadora (7,36-50); la reacción tan diferente del buen ladrón y del malo (23,39-43); el contraste entre la oración del fariseo y la del publicano (18,9-14); el contraste entre el pobre Lázaro y el rico sin entrañas (16,19-31).

Por otra parte, Lucas insiste como ningún otro evangelista en la radicalidad del seguimiento a Jesús. Hemos de seguir a Jesús «sin mirar atrás» (9,62); hemos de renunciar a nosotros mismos y tomar la cruz «cada día» (9,23); hemos de seguir a Jesús «dejándolo todo» (5,11) «renunciando a todos los bienes» (14,33).

En el evangelio de la bondad de Dios no encontraremos un tranquilizante que nos dispensa del esfuerzo de la conversión. Al contrario, creer en el amor de Dios revelado en Jesús es lo más exigente y radical.

El evangelio de Lucas presta una atención especial a la mujer. En su relato aparecen personajes femeninos de una fuerza extraordinaria: María, la madre de Jesús; Isabel, Ana, la viuda de Naín, la pecadora de la casa de Simón, sus amigas Marta y María, María de Magdala, la mujer anónima que alaba a su madre... Lucas tiene un interés especial en presentar a Jesús curando a mujeres enfermas (la suegra de Simeón, la mujer que sufría pérdidas de sangre, la anciana encorvada, María de Magdala, a la que libera de «siete demonios» [8,1]). También subraya su compasión y su ternura con la mujer pecadora (7,36-50), con la viuda de Naín (7,11-17), con las que salen llorando a su encuentro camino de la cruz (23,27-31).

Las mujeres son «seguidoras» de Jesús y acompañan a los Doce; María Magdalena; Juana, mujer de Cusa; Susana y «otras muchas que le servían con sus bienes» (8,1-3). Cuando los varones abandonan a Jesús, ellas permanecen fieles hasta el final junto a la cruz (24,49). Son ellas las primeras en anunciar la resurrección de Jesús, aunque no son creídas por los discípulos (24,22). El evangelio de Lucas nos ayudará a mirar a la mujer como la miraba Jesús, para defender su dignidad y para hacer que ocupen en su comunidad el lugar que les corresponde.

El protagonista del evangelio de Lucas no es solo un personaje histórico. Es el Señor resucitado, que sigue vivo en la comunidad de sus seguidores. Así es presentado desde el comienzo: «Os ha nacido... un Salvador, que es el Mesías, el Señor» (2,11). A partir sobre todo del episodio de Naín (7,13), Lucas lo designa constantemente así: el Señor.

De esta manera, Lucas nos recuerda que estamos leyendo la Buena Noticia de alguien que sigue vivo, pues ha sido resucitado por Dios. Sus palabras no son el testamento de un maestro difunto; son palabras vivas de alguien que nos sigue hablando ahora con palabras de vida eterna. Los hechos que se nos narran no son la biografía de alguien que ya pasó; son los gestos salvadores de alguien que está sanando y salvando nuestras vidas. Hemos de leer el evangelio de Lucas no como algo de ayer, sino como algo de hoy y para nosotros.

Desde esta perspectiva adquiere una importancia especial el episodio del encuentro de Jesús con los discípulos de Emaús (24,1335). Estos discípulos que caminan tristes y desalentados reflejan bien nuestra situación de hoy. Aparentemente tienen todo lo que les podría llevar a una fe gozosa: conocen las Escrituras de Israel, han escuchado el Evangelio, han conocido la cruz, han oído el mensaje pascual anunciado por las mujeres... Todo es inútil. Les falta la experiencia personal: el encuentro con Cristo vivo. Lucas señala un doble camino para despertar nuestra fe en el Resucitado:

La escucha de la palabra de Jesús. Mientras caminan hacia Emaús, los discípulos recuerdan a Jesús y conversan sobre él. Es precisamente entonces cuando el Señor se hace presente en su camino. Allí donde dos o tres discípulos hablan de Jesús, él se hace presente, aunque su presencia no sea reconocida: más tarde dirán que «su corazón ardía» (24,32). Según Lucas, es una presencia de alguien que acompaña en el camino; una presencia no fácil de captar (sus ojos estaban retenidos); una presencia crítica (Jesús los corrige); una presencia que ilumina sus vidas (les enseñaba); una presencia que despierta en ellos la esperanza. Lucas quiere que, al leer su relato, los discípulos desalentados sientan «arder su corazón».

La cena del Señor. Es necesaria además la cena para descubrir al Señor, no solo como alguien que ilumina nuestra vida con su Palabra, sino como alguien que nos alimenta con su Pan. Al llegar a Emaús, los caminantes se detienen a descansar, comparten con Jesús la cena y, al recibir de sus manos el pan, descubren al Señor. Basta reconocerlo, aunque solo sea por unos instantes. Con el corazón enardecido corren a Jerusalén para «contar lo que les había pasado por el camino» (24,35).

Lucas quiere que sus lectores se encuentren con el Señor resucitado y anuncien a otros su experiencia.
 

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